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1984 o la destrucción del amor

Hace unos días acabé de leer la novela 1984 de George Orwell. Me impactó hasta las lágrimas. No pude dejar de imaginarme en la posición del protagonista en el Cuarto 101 y no lo pude soportar. ¡Es tan desconsolador leer hasta dónde puede llegar la crueldad humana y cómo se destruye lo más íntimo de un ser! El amor es el último bastión de la humanidad, el último grito de esperanza en un mundo mecanizado, metalizado y compartimentalizado; un mundo donde no hay pasado ni futuro, solamente un presente bajo el control de una oligarquía obsesiva que mantiene a la población completamente aterrada.

El amor es lo último en morir; pero cuando muere, no queda nada. Absolutamente nada más que defender. Nada más por qué vivir. Solamente existir, reducidos a cenizas.

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Por la mañana

Escucho el ruido de la escoba barriendo las hojas secas del guayabo y me preguntó ¿serás tú? Atisbo por la ventana y te veo, con tu pelo negro y alaciado, relativamente corto, tu blusa sin mangas, tus pantalones cortos y tus sandalias, limpiando el espacio frente a nuestra casa en una mañana que inicio fresca y poco a poco va entrando en calor. La sombra del guayabo te cobija, dejando pasar el brillo del sol solamente en pequeños trozos que se dedican a acariciarte. Me dan ganas de salir al balcón para verte bien, abiertamente; para que mi subconsciente te huela y el tuyo tome conciencia de mi presencia, voltees a verme y establecer así el principio de una conversación que pueda llegar lejos, llenar el día de frescor, hacerme feliz. Más no lo hago. Solamente regreso a mi computadora a escribir esto.

Ailin

Te mataron Ailin, te mataron con pistolas de violencia. Porque tu ser dijo que no a llevar de otro modo su existencia. Terminaron así tu corta vida. Acabaron de golpe con tus sueños. Eres héroe, Ailin. Bien merecida la protesta, la ovación, el duelo. Pues te mataron, Ailin. Te mataron.