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Viernes a las nueve de la mañana

Viernes a las nueve de la mañana. Debería estar en sesión del seminario, o debería estar aprovechando el tiempo haciendo cosas que tengo pendientes. En cambio, estoy aquí, escuchando una canción que hace resonancia con lo que ha sido, y no ha sido, mi vida (Counting Stars, de One Republic).

Hay días en los que uno no se encuentra. Días en los que sentimos que volamos en círculos. En los que pensamos en círculos. Tantas cosas por hacer que ninguna acaba haciéndose bien. Todo a medias. Inevitablemente, surge el asunto de la condición económica, de la capacidad desperdiciada, de las expectativas no cumplidas.

Las diez de la mañana. Creo que debo poner más atención a la organización del seminario.

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Por la mañana

Escucho el ruido de la escoba barriendo las hojas secas del guayabo y me preguntó ¿serás tú? Atisbo por la ventana y te veo, con tu pelo negro y alaciado, relativamente corto, tu blusa sin mangas, tus pantalones cortos y tus sandalias, limpiando el espacio frente a nuestra casa en una mañana que inicio fresca y poco a poco va entrando en calor. La sombra del guayabo te cobija, dejando pasar el brillo del sol solamente en pequeños trozos que se dedican a acariciarte. Me dan ganas de salir al balcón para verte bien, abiertamente; para que mi subconsciente te huela y el tuyo tome conciencia de mi presencia, voltees a verme y establecer así el principio de una conversación que pueda llegar lejos, llenar el día de frescor, hacerme feliz. Más no lo hago. Solamente regreso a mi computadora a escribir esto.

Ailin

Te mataron Ailin, te mataron con pistolas de violencia. Porque tu ser dijo que no a llevar de otro modo su existencia. Terminaron así tu corta vida. Acabaron de golpe con tus sueños. Eres héroe, Ailin. Bien merecida la protesta, la ovación, el duelo. Pues te mataron, Ailin. Te mataron.