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Promesa

El día de ayer mi hermano me hizo el enorme favor, cerca de mi media centena, de recordarme una promesa hecha en mi veintena y que he cumplido cuando mucho a medias. Gracias Flaco.

– ¿A donde marchas viajero?
– Yo voy hacia las montañas.
– Eres distinto viajero,
no sigues las sendas planas.

No sabes lo que te espera
camino de las montañas;
allá sólo acampan piedras,
polvo, sudor y lágrimas.

– Ha mucho tiempo he andado
por esas tus sendas planas;
de alfombras de pasto verde
con perlas por las mañanas.

He sido de los que sueñan
con una casita blanca,
una mujer que los ame,
dinero, poder y fama.

– ¿Por qué te marchas, viajero,
entonces a las montañas?
¿Qué te hace dejar tus tierras,
tus sueños y tus mañanas?

– No quiero ser de los poetas
que sólo tienen palabras;
quiero ser de aquellos hombres
que miran, piensan, y callan.

No quiero ser uno más
que vive en las tierras planas;
quiero ser de los viajeros
que suben a las montañas.

Que las carnes se me rompan,
las ropas se me deshagan;
y pobre, desnudo y solitario
quede al fin una mañana;
y el viento anónimo confunda
mis restos con las montañas.

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Por la mañana

Escucho el ruido de la escoba barriendo las hojas secas del guayabo y me preguntó ¿serás tú? Atisbo por la ventana y te veo, con tu pelo negro y alaciado, relativamente corto, tu blusa sin mangas, tus pantalones cortos y tus sandalias, limpiando el espacio frente a nuestra casa en una mañana que inicio fresca y poco a poco va entrando en calor. La sombra del guayabo te cobija, dejando pasar el brillo del sol solamente en pequeños trozos que se dedican a acariciarte. Me dan ganas de salir al balcón para verte bien, abiertamente; para que mi subconsciente te huela y el tuyo tome conciencia de mi presencia, voltees a verme y establecer así el principio de una conversación que pueda llegar lejos, llenar el día de frescor y hacerme feliz. Mas no lo hago. Solamente regreso a mi computadora a escribir esto.

Mi pluma

 Llené mi pluma de tinta y se me antojó escribirte algo. Algunas frases bonitas; todas dulces, nada amargo. Que tus cejas son hermosas y tus ojos muy bonitos. Que tu boca me provoca darte un beso, aunque chiquito. Que el olor de tu cabello me despierta los sentidos y cuando bajo por tu cuello mi voluntad ya he perdido. Mi pluma tiembla en mis manos que buscan rozar tu piel. Dejo al fin, enamorado, mi corazón en papel.