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Desde la banca

La veía todas las semanas, sentada en la banca mientras su hijo jugaba futbol americano y su hija corría por todo el campo como estrella fugaz. El tiempo parecía caminar despacio a su alrededor, como si no quisiera hacer ruido, no alterar la placidez que ella inducía en la brisa fresca de la tarde, que hacía murmurar los árboles. Ni siquiera la férula en turno parecía cambiar las cosas; ni lo hicieron su embarazo ni su bebé, que dormía a su lado en su cuna portátil. Era como una puerta abierta al campo en medio de la ciudad.

Me enteré que se cayó y que la caída le quitó las fuerzas para vivir. Quizás la férula en turno hubiera sido demasiado grande y demasiado rígida. Tal vez el dolor fue insoportable. Quizás simplemente se dejó llevar, para no alterar el orden del Universo. Ahora el tiempo corre deprisa, como si no hubiera nada que lo hiciera detenerse en esa banca. El ruido y el silencio, coludidos, borran nuestras memorias. La puerta se ha cerrado y la ciudad reclama su espacio.

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Por la mañana

Escucho el ruido de la escoba barriendo las hojas secas del guayabo y me preguntó ¿serás tú? Atisbo por la ventana y te veo, con tu pelo negro y alaciado, relativamente corto, tu blusa sin mangas, tus pantalones cortos y tus sandalias, limpiando el espacio frente a nuestra casa en una mañana que inicio fresca y poco a poco va entrando en calor. La sombra del guayabo te cobija, dejando pasar el brillo del sol solamente en pequeños trozos que se dedican a acariciarte. Me dan ganas de salir al balcón para verte bien, abiertamente; para que mi subconsciente te huela y el tuyo tome conciencia de mi presencia, voltees a verme y establecer así el principio de una conversación que pueda llegar lejos, llenar el día de frescor y hacerme feliz. Mas no lo hago. Solamente regreso a mi computadora a escribir esto.

Mi pluma

 Llené mi pluma de tinta y se me antojó escribirte algo. Algunas frases bonitas; todas dulces, nada amargo. Que tus cejas son hermosas y tus ojos muy bonitos. Que tu boca me provoca darte un beso, aunque chiquito. Que el olor de tu cabello me despierta los sentidos y cuando bajo por tu cuello mi voluntad ya he perdido. Mi pluma tiembla en mis manos que buscan rozar tu piel. Dejo al fin, enamorado, mi corazón en papel.