¿Cuándo se romperá, si un día, el hechizo
que anidado en nuestras frentes se mantiene,
nutrido por aquello que la vida hizo
con nosotros, bien al azar o adrede?
¿Será que volveremos a mirarnos
con alegría en los ojos y los labios?
¿Cuándo podremos, finalmente, abrazarnos,
libre el corazón de humores ácidos?
Extraño tanto la niña de mis ojos,
la mirada de ilusión que me ofrecía,
el orgullo con el que a mi lado andaba.
Le cuesta tanto creer que yo la amaba,
que mi corazón de amor por ella ardía
tanto como hoy se consume en sus enojos.
Escucho el ruido de la escoba barriendo las hojas secas del guayabo y me preguntó ¿serás tú? Atisbo por la ventana y te veo, con tu pelo negro y alaciado, relativamente corto, tu blusa sin mangas, tus pantalones cortos y tus sandalias, limpiando el espacio frente a nuestra casa en una mañana que inicio fresca y poco a poco va entrando en calor. La sombra del guayabo te cobija, dejando pasar el brillo del sol solamente en pequeños trozos que se dedican a acariciarte. Me dan ganas de salir al balcón para verte bien, abiertamente; para que mi subconsciente te huela y el tuyo tome conciencia de mi presencia, voltees a verme y establecer así el principio de una conversación que pueda llegar lejos, llenar el día de frescor, hacerme feliz. Más no lo hago. Solamente regreso a mi computadora a escribir esto.
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