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Contracorriente


No me gustan las dietas. Las percibo artificiales y, además, me gustan demasiado el pan, las galletas, los helados y el dulce de pepita de calabaza. Consecuencia de ello he tenido problemas de sobrepeso que hace algunos años me llevaron al punto de la obesidad (BMI = 30.39 kg/m2, Obesidad clase I), lo reconocí —agradezco a mi esposa y nuestros hijos su apoyo para esto— y me cuidé apenas lo suficiente para cruzar la frontera de la obesidad (BMI = 29.07 kg/m2, Sobrepeso).

Este año, una intervención quirúrgica y problemas en el aparato digestivo antes y después de la misma me llevaron a perder ¡cuatro kilos! en menos de un mes, lo cual no me permitió bajar otra categoría (BMI = 27.91 kg/m2, Sobrepeso) —necesitaría bajar nueve kilos más— pero me hizo sentirme muy bien, física y anímicamente. Así que he decidido moderarme y disminuir mi consumo de pan y galletas, con todo y lo que me gustan.

El martes pasado por la noche estaba yo en mi casa trabajando un rato en mi computadora y me sentía feliz porque ese día no me había comido ¡una sola galleta! No era un día cualquiera y me decía ‘¡Sí se puede! ¡Mañana también!’. Al poco rato llegó mi esposa… ¡con una caja de galletas gourmet!, y como sabe que me gustan mucho, pues las dejó sobre la mesa al lado de mi computadora. Y me dije ‘Ni modo, será otro día’ y me comí la mitad de las que había en la caja (y el miércoles la otra mitad).

El día de hoy me comí un plátano y una barra de granola por la mañana y me dije ‘Hoy no voy a comprar pan para desayunar y será una buena manera de cerrar la semana’. Llegué al trabajo y me dirigí a mi cubículo para dejar mi mochila y recoger mi taza para lavarla y... ¡había una caja con un pan en mi escritorio!. Dos de mis mejores amigas decidieron halagarme con un pan, que me gusta tanto.

No me gustan las dietas.

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